“Ese contacto con la gente es inmediato, porque la guitarra es un instrumento desnudo y eso es lo más sensual que existe. Con él no hay control remoto como en el piano, ni intermediarios como con el violín y la viola. Por eso, con la guitarra toca conocer el pasado, el presente y el futuro de la pieza”, afirma el artista que tiene su casa entre Boston, Salzburgo y Granada.
Su pasión por los recitales se ha incrementado desde que comenzó su labor docente, actividad que Eliot Fisk compara con estirar un brazo y dar sangre, porque es lo más agotador y desgastante que hay. Él es el último representante de los románticos, ya que pertenece a una generación que trató de quitarle adornos a ese complejo período y por eso combina el estilo moderno con las tradiciones románticas. el espectador
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